“Soy Ruy Díaz de Vivar, “el pequeño Cid” que tanta gloria y hazañas ha acumulado al ser adulto. Por mi se han interesado poetas e historiadores de todos los países durante 900 años. Merecía que alguna vez se intentaran reflejar las inquietudes, alegrías e ilusiones de mi infancia de la que nadie se ocupó porque… yo también fui niño”.
Este fin de semana he terminado de ver ésta magnífica serie que supuso uno de los regalos de cumpleaños de este año. Antes de comenzar a ver nada guardaba un vago recuerdo más por un álbum que tenía (recuerdo que había que recortar una esquina de las tapas de los yogures en la que aparecía la imagen de Ruy y pegarlas en una especie de hoja para conseguir los cromos) que por la propia serie en sí.
Teniendo en cuenta que fue la primera serie producida por BRB Internacional en el año 1980, y que cuando se emitió por televisión yo apenas contaba con 5 años… es comprensible que los recuerdos no fueran precisos, de hecho ni siquiera tenía clara la trama de la historia. Tras repasarla desde el ángulo que nos da la edad me ha sorprendido gratamente, aunque es cierto que hay actitudes y comportamientos de los personajes que sólo se entenderían situándose en la época (mediados del siglo XI, plena Edad Media).
La historia, contada en 26 episodios comienza en el pueblo de Vivar (Burgos). Allí viven tranquilamente una madre y sus 3 hijos, dos de los cuales no tienen buena salud. Ruy, el hijo menor, por el contrario rebosa vitalidad por los cuatro costados. Desgraciadamente para él, sus hermanos y su madre son trasladados a una aldea para recuperarse, su padre, Don Diego Lainez es llamado para servir al rey de Castilla y Ruy es mandado a un monasterio a estudiar (como todo hijo pequeño de la época). Estos planes rompen por completo el objetivo del pequeño Ruy que quiere hacerse fuerte como su padre y aprender en las fuentes de la propia vida para llegar a ser un perfecto caballero y entrar al servicio del rey.
La vida en el monasterio es una vida austera, monótona, llena de silencios y de rigidez… por lo que no tarda en hacer travesuras y romper la paz del lugar. Allí conoce también a su inseparable amiga Peka, una burrita que le acompañará en los viajes posteriores fuera del monasterio, ya que su estancia allí se ve obligatoriamente reducida; los frailes delegan la custodia del niño a sus tíos, que viven el campo con su primo Alvar. Al principio todo parece funcionar bien, pero Ruy tampoco se adapta a esa nueva vida porque él lo que quiere son aventuras y no una vida tranquila.
Durante su peregrinaje por la España de la Edad media conoce a multitud de amigos a los cuales ayuda desinteresadamente: Froilán (hijo del conde de Alcocer, al que enseña a luchar), Bermúdez, Martín el embustero, Jimena (a la cual confunde con el fantasma del Torreón del Gigante y que es el “amor” de Ruy), Abén (hijo del alcaide de Molina) y un sinfín de personajes que siempre quedan agradecidos con las hazañas de Ruy en su peregrinar de pueblo en pueblo; hazañas que nunca se atribuye sino todo lo contrario, no es nada ególatra.
En la serie se refleja muy bien el pillaje, el bandolerismo, el hurto y la picaresca de la época de la mano de tres personajes, hermanos y ladrones de profesión: Zacarías, Josafat y Dionisio que roban a Ruy su burra y todo lo que se ponga en sus manos haciéndose pasar por fervientes admiradores de las proezas de Ruy. A lo largo de la serie lo hacen en numerosas ocasiones. También se refleja muy bien el paisaje castellano, su vegetación, sus ríos… de forma que cuando lo ves estás viendo España, o al menos esa es la sensación que tuve desde el principio.

Los últimos cuatro episodios de la serie son muy intensos. En ellos se narra de una forma inverosímil como un niño es capaz de vencer al jefe árabe Texufín y todo su ejército e impedir el ataque al rey Fernando de Castilla. Ruy consigue derribar el estandarte árabe (en la tradición árabe cuando cae el estandarte, la batalla se ha perdido). A pesar de la gran hazaña, el rey le reprocha que ha sido muy osado el actuar sin permiso, sin la autorización real, poniendo en peligro muchas vidas incluida la suya (es en ese momento donde el espectador empieza a ver que para Ruy los medios justifican el fin). A pesar de todo, el rey decide que Ruy vuelva a Vivar a ver a su madre y que pasado un tiempo se incorpore a su servicio junto con su padre.
Se echa en falta saber qué pasa con sus dos hermanos, a los que no se vuelve a ver en toda la serie más que en el primer capítulo. En cuanto a las cosas que no me parecen razonables (a pesar de tratarse de dibujos animados) es que un niño de apenas 12 años vague solo por caminos inhóspitos, durmiendo a la intemperie, sin que ni uno solo de sus padres ni familiares vaya en su búsqueda. Por otro lado, la reacción de su madre al verlo después de muchos meses no es precisamente de alegría ni nada emotiva (que sí, que entiendo que hay gente que no muestra su sentimiento y en la época quizás menos, pero un hijo es un hijo y he visto mucha frialdad). Por supuesto, no hay ni que decir que si bien los nombres de lugares y personajes son totalmente reales, la trama de la historia es ficticia.
En general me ha parecido una buena serie, que recomiendo a todo el que quiera revivir la infancia o simplemente pasar un buen rato, ya que es muy entretenida y no se trata al espectador de tonto. Si bien es cierto que en ocasiones hay escenas bélicas y de lucha en ningún momento se llega a la obscenidad de la sangre ni a la violencia, simplemente hay que trasladarse a la época en la que la lucha por defender el territorio y la propiedad era una actividad cotidiana que no se llevaba a cabo a través de abogados sino espada en mano y cuerpo a cuerpo, por ello el entrenamiento era tan importante.
La última escena de la serie es muy original (para la época). En ella el propio Ruy niño va solo por un camino de noche y se encuentra con un caballero fantasmal (Ruy de adulto,
Rodrigo Díaz de Vivar,
el Cid Campeador) acompañado de 12 caballeros más. Apenas cruzan unas palabras en las cuáles explica que ha estado al servicio de varios reyes y que sigue vagando con su séquito en busca de conquistas (clara referencia a los destierros que sufrió a lo largo de su vida). Tras la breve pausa cada uno sigue de largo su camino, alejando presente y futuro de una forma sorprendente. Por un instante ambos se giran para mirarse de nuevo y Ruy ve sorprendido como el caballero tiene su misma cara de niño, es entonces cuando entiende con quién acaba de hablar. ¡
Realmente surrealista!
